Opinología

Deshumanización social


LA HOGUERA

POR GABRIEL YÁÑEZ

11/06/2019

¿Habrá hoy en día algún suceso que, capaz de erizarnos la piel, nos lleve por fin a la reflexión y al cambio? Este cuestionamiento cobra una vigencia permanente al observar cómo, en la actualidad, la indiferencia y el hedonismo sociales son los elementos que están configurando nuestro andamiaje civilizatorio. Minimizar la magnitud de ciertos hechos o pretender ignorarlos para no sentirnos cómplices de una sociedad envilecida, apática e insensible es una actitud muy socorrida que nos va sumergiendo poco a poco en un mundo distópico donde los hombres, al más puro surrealismo kafkiano, nos vamos convirtiendo en seres deshumanizados donde lo bueno y lo malo no son referencias axiológicas, sino simples opciones de lo que puede o no sernos útil.

Alimentada por el individualismo y la desmemoria colectiva, la deshumanización social propicia escenarios en los cuales, mientras no seamos directamente afectados, bien podemos en un mismo día ser testigos de hechos execrables como el homicidio, el estupro y la trata de personas; y a la mañana siguiente, con la mayor displicencia, despertarnos con la única preocupación de revisar el contenido de nuestras redes sociales.

Por diferentes medios, a cada minuto estamos expuestos a noticias que nos estremecen y hacen salir nuestra indignación y condena, pero, lamentablemente, como si apagáramos nuestra humanidad, estas tienden a evanescerse ante la saturación informativa que nos abruma y no deja espacio alguno para la reflexión.

Lo vemos a diario y en todos los espacios: más del ochenta por ciento de las noticias que nos llegan son negativas; tratar de entender por qué una madre deja caer a su bebé de un balcón para vengarse de su pareja sentimental; por qué un padre mata a golpes a su pequeña hija porque mojó su cama o por qué unos niños permanecen encadenados por sus propios progenitores es algo tan complicado como inconcebible. ¿Acaso estos hechos pueden tener un ápice de sentido común?

Comprender las disfunciones mentales que pueden orillar a un sujeto a desarrollar un comportamiento psicótico, ya sea por alteraciones biosociales o por una predisposición genética, es algo que independientemente de su importancia científica, en muchas ocasiones suele usarse por los sistemas de justicia penal para una justificación per se de las acciones cometidas, pero que de poco o nada vale ante las consecuencias de las mismas, ¿o es que acaso determinar el diagnóstico psiquiátrico del agresor puede en algo aminorar el dolor de una persona a la que violentamente le fue arrebatado un ser querido?

En un estado como el nuestro, históricamente la violencia ha sentado sus reales y tomado carta de naturalización, lo que además de interferir el proceso constructivista que moldea la formación de las nuevas generaciones, repercute también desde el punto de vista sociológico, en las redes formales e informales de un proceso de aprendizaje construccionista que moldea patrones erróneos de comportamiento, que transgreden la normas establecidas y deterioran nuestro tejido social, algo que como lo menciona el maestro Ronaldo González, es un fenómeno que se ha originado por la interrupción de ciclos civilizatorios desde la época colonial.

Pero más allá de las causas antropológicas que puedan explicar la esencia de nuestros comportamientos violentos, seamos sinaloenses o de cualquier otra parte del mundo, lo que debemos hacer con urgencia es replantear, como en su momento lo hizo Abraham Maslow, la jerarquización de nuestras necesidades humanas, ya que el orden de estas ha sido tergiversado por el materialismo y las comodidades que a nuestras vidas le han dado los avances tecnológicos.

Una vez que nuestras necesidades estén correctamente definidas, será más fácil adoptar los valores como experiencia de vida y no como receta de cocina. ¿No lo cree usted?

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